EFE/EPA/ROLEX DELA PENA

Manila (EFE).- Por Federico Segarra

Después de dos años de pandemia, los filipinos reviven su Semana Santa con pasión, redención y sangre. Las multitudinarias procesiones han vuelto estos días a las calles de Filipinas con polémicos rituales en los que los penitentes emulan el calvario de Cristo flagelando sus cuerpos o portando pesadas cruces bajo el sol abrasador del verano tropical.

En el barrio de pescadores de Rosario, a las afueras de Manila, una riada de vecinos y curiosos se afanaban este viernes en grabar con sus teléfonos la sangre que impregnaba las aceras y el espectáculo de decenas de penitentes encapuchados que caminan descalzos y desempolvaban sus látigos de bambú tras dos años de letargo, castigando su espalda para redimir sus pecados.

“Lo hago por mi familia, para que se cumplan nuestros deseos y tengamos suerte este año”, explicó a Efe Chris Castro, un pescador oriundo de Rosario de 38 años, que lleva desde los 25 fustigando su cuerpo cada Viernes Santo.

En Rosario, provincia de Cavite, esta tradición se remonta a los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando tras la derrota de los japoneses, los pescadores pudieron volver a faenar, agradecieron su suerte simulando la Pasión de Cristo durante la Semana Santa.

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CASTIGO

“Panata” (voto de castigo, en tagalo), repite Glen Concha, de 42 años, al igual que muchos otros penitentes, preguntados por los motivos que les empujan a seguir con la sangrienta liturgia.

“Lo hicieron mis padres y mis abuelos. Espero hacerlo muchos años más”, añadió Concha.

Cuando un penitente sufre un vahído y suelta el látigo para sentarse, la algarabía le rodea rápidamente para espolearle y animarle; solo entonces su valentía es más reconocida por los vecinos que, sin embargo, se ensañan con primeros planos de su rostro pálido, grabando con sus móviles mientras preguntan por su nombre.

Los penitentes se golpean siete veces por cada serie según marca el ritual, uno por cada pecado capital, y acaban su viacrucis tumbados enfrente de la iglesia mientras otro encapuchado remata la penitencia fustigando también sus extremidades, para después levantarse y santiguarse. Tras ello, caminan hasta el mar y se zambullen para limpiar sus heridas.

“En muchas ocasiones son las mujeres de los penitentes” quienes finiquitan la redención, comentan los locales entre risas. “Por haberse portado mal durante el año”, añaden.

RECHAZO DE LA IGLESIA CATÓLICA

Esta tradición atrae a cientos de curiosos desde Manila y los barrios adyacentes, y el capitán del barangay (barrio), Abner Recasa, cifró en unos 700 los penitentes que flagelaron sus cuerpos este Viernes Santo, una tradición muy arraigada y que considera no se puede prohibir.

“Me gusta que vengan turistas, y la gente cree que es bueno para sus vidas. ¿Por qué me voy a negar?”, explica a Efe el capitán Recasa.

En otras partes del país, las autoridades locales prohíben continuar con estos castigos autoinfligidos durante las procesiones, rituales que también desaprueba la iglesia católica.

El padre Ryan Sasis, que solo lleva nueve meses al frente de la iglesia local como párroco, tampoco apoya el sangriento ritual: “No le veo el sentido, lastimar sus cuerpos así es inútil. Sería mejor que fueran a misa (….) pero solo puedo cerrar la verja para que la sangre no manche la entrada de la parroquia”, zanja con sarcasmo.

Esta Semana Santa, la fecha más señalada en el calendario festivo en Filipinas, por tercer año consecutivo en San Fernando de Pampanga (a unos 100 kilómetros de Manila) se han prohibido las crucifixiones, un ritual que atraía cada año a cientos de turistas.

En otras zonas de Filipinas, el país más católico de Asia, los arrepentidos buscan también expiar sus pecados con procesiones portando pesadas cruces o flagelando su espalda, una tradición muy extendida por el país, donde más del 85% de sus casi 109 millones de habitantes profesan la religión católica como herencia de los tres siglos de colonización española.

Durante 2020 y 2021, el Gobierno prohibió por la covid-19 todos los eventos multitudinarios de la Semana Santa y muchas de las misas y procesiones se celebraron on line. Esta suspensión fue algo que no sucedía en Filipinas desde la II Guerra Mundial, ni siquiera durante los años en los que el dictador Ferdinand Marcos gobernó bajo la ley Marcial (1972-1981).

Federico Segarra

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