Por Sandra Chiong

La frase “no botes la gorra”, en el buen nicaragüense significa,  “no te enojes”. Según el inglés podría ser “don’t get mad”, que quiere decir: perder los estribos, descontrolarse, perder la calma, salirse de las casillas, perder la cabeza  o perder el control.

La ira, enfado o el enojo,  es una reacción emocional negativa, que se produce cuando uno considera que sus intereses personales, se verán  afectados de forma negativa.

Desde una perspectiva bíblica, la ira es una manifestación de la naturaleza del hombre.  Es pecado, porque la raíz de esta es el egoísmo ( mis propios intereses). Con  ira puede la persona llegar a perder el dominio propio,  que es uno de los frutos del Espíritu Santo, que garantiza que mi espíritu gobierna mi carne, es decir, mi espíritu controla mis emociones, pensamientos y deseos y no a la inversa.

Efesios 4:26-27, afirma: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo,  ni deis lugar al diablo.”

Debo aprender que es humano enojarme, sin embargo  es de sabios controlar el enojo. En los momentos  de ira o enojo, la persona pierde el control sobre sí mismo, eso quiere decir que cualquier cosa podría pasar en términos de segundos. Por enojo o ira, perdemos amistades, podemos acabar con la vida o la reputación de alguien, podemos destruir lo que nos llevó tiempo construir, etc.

Las  personas que constantemente están airadas o enojadas son como una bomba de tiempo, cualquier cosa los hace estallar;  acumulan, guardan, llevan cuentas, y creen que su felicidad depende de la forma de actuación de los que le rodean, sin darse cuenta,  que  la decisión sobre sus emociones solo están en ellos mismos. “Yo decido enojarme o calmarme, los demás no lo podrán hacer por mí. Yo seré el único  responsable de las consecuencias de mis acciones al final.” 

Por eso sigamos el consejo de la palabra, y aprendamos a deshacernos de la amargura y a controlar el enojo, desarrollando el dominio propio que es muestra de madurez, emocional y espiritual.

Efesios 4:31-32, dice: Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

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